Por culpa de aquellas calles…

Entró silenciosamente en mi vida. Fue poco a poco. Comenzó hace años, cuando eramos dos jóvenes que creían comerse el mundo.

Pasaron un par de años donde, en aquella pequeña ciudad, no nos vimos ni tuvimos noticias el uno del otro. ¿Llegamos a olvidarnos?

Tampoco teníamos mucho que olvidar. No más que unas sonrisas, unos abrazos, unas miradas, unas sensaciones, una (esa) complicidad.

Una noche de luna llena y cubatas más llenos aún, sentí un escalofrío que me recorrió de pies a cabeza. Lo tenia enfrente, allí, a dos pasos de mí.

Nos fundimos en un abrazo y en palabras llenas de alegría de volver a vernos. Era un reencuentro, un re-inicio.

A partir de esta noche parecía que la ciudad se encogió. Estaba empeñada en que nos encontráramos. Parecía desviar sus calles a las mías y conducir mis pies hacia los suyos.

Pasaron dos años más. Hacía un año nuestros caminos estaban demasiado unidos, tanto como nuestras bocas, nuestras manos… Pero, una vez más, a causa de una ciudad, nuestros caminos, en vez de unirse, se distanciaron.

Se distanciaron tanto que… olvidé el olor de su perfume, el tono de su voz, la protección de sus manos, y recordé el sabor de sus mentiras, el dolor de su silencio, el placer de sus noches.

Entró silenciosamente en mi vida… y está haciendo demasiado ruido para salir.

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